En la época en que viví en Milán tuve una profesora de italiano que se llamaba Claudia, una señora bigotuda, gorda, gafuda y pésimamente vestida (algo inaudito en una ciudad que me pareció más obsesionada con la imagen que Londres o Nueva York). Sus alumnos éramos muchos, casi todos inmigrantes que iban y venían pasando de todo y con toda la desgana del cosmos. Pero ella a cada uno nos tomaba como si fuéramos sus propios hijos y me creo que no salía feliz del aula si aquella rusa torpe o esa letona imposible no se aprendían bien el verbo de turno.
Siete meses después de dejar Italia recibí de su puño y letra mi título de italiano. No tenía por qué hacerlo. No era su trabajo ni su obligación mandarme ese papel por correo. Ni siquiera éramos amigos. No volverá a verme en su vida. No fui más que uno entre cientos de estudiantes. Era mi problema apañarme con la universidad de Siena para conseguir el certificado.
Y sin embargo, meses después de mi partida, la profesora Claudia se tomó la molestia de cumplir la palabra que me había dado apresuradamente un día lluvioso después de clase, cuando se dirigía con su característico paso de elefanta, cargada de libros, camino de la siguiente lección.
Cada curso, centenares de alumnos anónimos pasan por las grises aulas del Comune. La profesora Claudia no llegó a apreciarme más que a los otros, pero sé que todos, por el mero hecho de estar en sus manos, le importábamos.
lunes, 2 de abril de 2012
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7 comentarios:
Cómo mola el italiano... Eso es un idioma, desde luego.
A veces uno se cruza con gente que merece la pena. Me encanta.
-Es verdad Roberto, pero los italianos abusan de él...
-Noe: por fortuna no es tan raro, pero sí me parece que el modo de vida que se nos impone va en dirección contraria a esas actitudes que debieran ser las naturales.
Los gestos cotidianos son los que definen a una persona.
Esta claro que esa mujer era una profesional como la copa de un pino. Lo chungo es que encontrarnos con personas así cada vez resulta más sorprendente, por raro. Ya no hablo de esa palabra en peligro de extinción llamada "vocación" sino de la simple preocupación en hacer bien el trabajo, por placer, por responsabilidad, sin que la nómina de final de mes sea el único aliciente.
Qué tiempos debemos estar viviendo si nos maravillamos de que alguien cumpla su palabra...
Tenéis razón. El hecho es que no mucha gente está dispuesta a hacer cosas desinteresadas por desconocidos de los que no va a obtener nada. Así nos hemos vuelto de individualistas.
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