viernes, 28 de noviembre de 2008

incomunicación

No se puede vivir así, golpeado cada día en cada esquina por tu belleza. Te vuelves hacia mí en un semáforo con un nanosegundo de sonrisa y luego te deshaces. No se puede vivir así, repito. Incomunicado de los códigos secretos que llevan de mi alma a tu alma. Luego te veo en el metro y no eres morena de las negras medias, sino rubia de ligeros pies. Y eso te hace aún más indescifrable y ninfa, un rayo catódico en la panza del dios metro.
He comprado en Florencia una lámina del Nacimiento de Venus. La he colgado en la pared y he caído en la cuenta de que es la primera chica que entra en esta habitación de las afueras.
No son tus botas ni tu cuerpo lo que me revive sin que tú lo pidas. No son tus negras medias sin edad ni el rastro de los aviones. Es algo que brilla en ti, bajo tu negro abrigo de invierno. Es esa estrella que tu ropa y tu carne envuelven. Molaría ser el único planeta de tu sistema solar. O al menos uno de ellos.
No es la rosa que llevas maquillada en los labios ni la estudiada sonrisa con que respondes a las preguntas de los desconocidos. No es el libro que lees y que te hace más o menos interesante. Es el tesoro que hay enterrado bajo tus horarios y tus obligaciones.
No es, insisto, la perfección renacentista de tus manos blancas. Ni la estela alucinante que dejas a tu paso cuando haces trasbordo de la línea 2 a la 3. Ni los cabellos negros que señalizan tu lugar en el mundo. Eres tú en tu más pura expresión. El diamante que se esconde bajo el carbón de la vida.

Una posdata:
Por cierto que en Edimburgo nos acercamos a la casa de Robert Louis Stevenson para hacerle una visita, pero nos dijeron que Tusitala está en el infierno contando mentiras a Satanás, así que tuve que conformarme con hacerme una foto bajo el número 17 de Heriot Row.


martes, 25 de noviembre de 2008

muerte del chiste

Pensadlo bien: ¿Cuánto hace que no os cuentan un chiste bueno de verdad? Antes, en las reuniones de amigos, llegaba siempre ese momento en que unos y otros se liaban a contarlos. Se formaban verdaderos piques y competiciones.
Pero tal intervalo ya no existe. A lo sumo se suelta uno de manera tímida y la gente ríe con cierta incomodidad. O se cuentan viejos chistes que en sus tiempos de gloria tuvieron gracia pero que ya huelen a quemado. Luego los comensales se miran unos a otros royéndose los sesos en busca de alguna historieta recién salida del horno.
Pero no las hay.
Porque los chistes, sin darnos cuenta, se han convertido en algo del pasado. Esas historietas de Jaimito, de “esto es un japonés, un inglés y un español…”, de “se abre el telón y aparece James Bond vestido de faralá. ¿Qué película es?” o, mis preferidos, “esto es uno que llega a un puticlub con veinte duros y dice…”, estos cuentecillos, repito, se han ido extinguiendo poco a poco.
Ahora corresponde a los forwards y al youtube el hacernos reír con su humor audiovisual.
Es así. ¿Qué ha sido de los viejos libros de chistes verdes, de catalanes o de Lepe? Exterminados. ¿Alguien ha tomado el relevo del graciosísimo Eugenio? No me consta.
Hoy todos somos un poco menos cuentacuentos, porque ya no inventamos nuevas historias de Jaimito ni de nadie más. Ahora el ingenio se invierte en forwards y en bromas de móvil.
El último chiste de nuevo cuño que ha llegado a mis oídos es el preclaro exponente de la decadencia de un género milenario, más antiguo que la novela: Esto es un tío que entra a un bar de pinchos y dice: “¡Ay-ay-ay-ay!”

domingo, 23 de noviembre de 2008

comparaciones de cárcel

Tengo que disculparme por haber roto la sagrada periodicidad con que el Diablo canta sus maldades por aquí. El viernes me pilló en ruta y no pude publicar la entrada que tenía planeada. Ahora escribo desde Escocia.
Edimburgo es una ciudad profundamente literaria. El aire huele a papel y misterio y eso no es sólo una apreciación estética de émulo de viajero sino un hecho. He aquí cosas que llaman la atención:

#Las numerosísimas librerías lucen una oferta tremenda de títulos y, sobre todo, a precios algo más bajos que en España. Tal vez sea porque el formato de bolsillo, con papel muy barato, está generalizado. Pero ¿y qué? Las portadas son valientes y atractivas. Nada que ver con las infamias soporíferas que a veces campan por la tierra de María José Campanario y Raquel Mosquera.

#La fantasía no es un estante vergonzoso al lado del cuarto de baño. Ocupa, sin excepción, metros y más metros de estantería. Con una salvajada de títulos que asusta. Incluso en las tiendas de lance la ciencia ficción se extiende por paredes enteras. Nadie diría aquí que es un género en crisis.

#Los libros de diseño e ilustración no son raros de ver como tréboles de cuatro hojas. Hay una barbaridad de títulos con propuestas originalísimas y maquetaciones guapísimas que te dejan del revés. Hay librerías especializadas sólo en design. Si alguien abriera un negocio así en España tardarías un mes en verle pidiendo limosna por la calle y vestido sólo con un barril.

#Hay una invasión de revistas gratuitas culturales y musicales. Exhiben formatos que en España, salvo honrosas excepciones, sólo vemos en los suplementos de tendencias de los diarios más poderos tipo EP3 de El País o Calle 20 del 20 Minutos.

#Los discos son más baratos que en España y además en novedades hay música buena de verdad y no las increíbles horteradas que ponen en los 40 principales y que inexplicablemente nos tragamos. La radiofórmula española vive fuera de la realidad mundial.

#He encontrado álbumes fundamentales de Bob Dylan que ni borracho vería en España.

#Hay preciosas tiendas dedicadas a la venta de vinilos atiborradas de clientela. Es un negocio vivo. En España he visto discos en la basura. Y libros también.

#Hay rutas literarias para turistas y un entrañable museo del escritor donde, además de mostrarte una curiosa colección de objetos relacionados con la historia del oficio, se te anima a sentarte y leer junto a una chimenea.

#No es nada difícil dar con bares que ofrecen música en directo todas las noches y donde se ve gente de 18 a 65 años bebiendo tranquilamente (o no tanto) y disfrutando de un poco de rock.

#Los telediarios no son una continua verborrea de políticos caricaturescos repitiendo la consigna del día como si fueran teleñecos. La televisión informa y analiza. Casi no ves el jeto de los mandamases, omnipresentes en España.

En fin, eso es lo que se descubre en apenas un día por Edimburgo, la ciudad que vio nacer a Walter Scott, Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson. No digo más. Si alguien quiere, que compare con España. Yo invito a Kleenex.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

cuentos subterráneos

Obviamente el cuento no va a desaparecer, pero sí es cierto que cultivar este género no es ninguna bicoca.
Por eso me llamó la atención la iniciativa Subway que descubrí en Italia. Se trata de un formato niquelado para promocionar el género breve. Creo que en España no existe nada del estilo (corríjaseme y seré feliz) y por eso me molaría contarlo aquí:
Subway es una colección compuesta de minúsculos libritos de apenas diez páginas. Cada uno es un cuento. Se encuentran de manera gratuita en ciertos stands del metro de Milán. El material es baratísimo, pero maquetación, diseño, ilustración y tipografía son óptimos. No podría ser de otro modo tratándose de Italia.
Pero el sentido práctico del formato va más allá. En cada librito-cuento se nos indica de manera muy gráfica: “Un racconto da sei fermatte”. Es decir: un cuento de seis paradas. Con lo que podemos elegir aquel que se ajuste mejor a la duración de nuestro trayecto. Llegué a encontrar casi veinte relatos diferentes maravillosamente editados en un papel muy barato. De género negro, terror, fantasía, poesía pulp (así la definían). Todos ellos con la correspondiente biografía del autor y una breve introducción.
Además, el cuidado exquisito no se limita a la forma, sino que también se mima el fondo con una selección de autores jovencísimos, originales y talentosos. Y los ilustradores no van a la zaga.
Una iniciativa así vale cuatro duros y le da un glamour al metro milanés que para qué. ¿Y esto quién lo monta? Pues un ayuntamiento preocupado por la cultura (y muy criticable en otras cosas) en colaboración con la Libera Università di Lingue e Comunicazione.
Con un poco de imaginación y una inversión mínima se ha conseguido que las historias de un montón de jóvenes con hambre de letras vuelen por las líneas del metro las 24 horas de los 365 días del año. Además, gracias a Subway descubrí el cuento de terror que quise siempre escribir y que ya nunca podré: Deeper underground, de Vincenzo Gallico.

Una posdata:
Rescepto dedica una reseña de la revista Historias Asombrosas nº2. Como siempre, robaré egoístamente la parte que me implica, es decir, la referida al cuento El amo invisible que publiqué en este número de la mano de David Mateo. Se trata de un imperfecto relato que escribí hace ya siete años y con el que me cayó un premio de la universidad, pero que hasta hoy no había visto el papel. La reseña completa aquí:

“El amo invisible, de José Miguel Vilar, retorna en cierta forma a los escenarios oníricos empleados por Eximeno, con una descripción muy potente de un infierno peculiar. Peca también de previsible y presenta cierta artificiosidad en la caracterización del narrador, pero es quizás el relato que consigue crear un ambiente más opresivo, erigiéndose como otro de los puntos fuertes”.

lunes, 17 de noviembre de 2008

huye hacia delante

Eso es lo que nos proponen contra la crisis los gobiernos: el sistema basado en el “crecimiento” y en el consumo ya no funciona. Ha fallado. ¿Cómo lo podéis solucionar, ciudadanos? Consumid más, llenad los centros comerciales como si fuerais cobayas en el laberinto blanco. Os facilitaremos préstamos como los que han hundido el tinglao para que lo gastéis todo de nuevo, a ver si eso reactiva la economía…
Menuda receta. No es necesario insistir en el absurdo de la idea porque ni los hermanos Marx parirían una ocurrencia así.
La gente anda muy confundida: hemos aprendido a ir tirando según un modelo de vida que ya no vale. Hoy, día laborable, pasé la mañana en un centro comercial y me sorprendió ver deambulando a tantos hombres y mujeres que, en otras circunstancias, estarían en la oficina. Las calles y plazas se están llenando de parados que van y vienen sin saber adónde. Miran los escaparates con impotencia, palpándose los bolsillos. Eso se nos ha enseñado: trabajad como máquinas y gastad como máquinas. ¿Y ahora qué?
Yo ya he encontrado mi solución egoísta a la deriva del mundo, y la digo aquí porque no es ningún secreto: para vivir no necesito que mi coche sea más grande que el tuyo. No necesito ir a bares donde me cobran a nueve euros la cerveza. No necesito perfumes ni que la gente se vuelva a mirarme por lo bien que visto. No necesito que mi hijo (si lo tuviera) viva sobre montañas de juguetes eléctricos. No necesito dormir en hoteles de cinco estrellas. No necesito que mi novia sea la más guapa para lucirla por ahí. Ni cambiar de gafas de sol cada verano. Tampoco necesito una hipoteca, ni pedir microcréditos para pagar los regalos de Navidad. Mucho menos estrenar teléfono móvil cada año. No necesito cocaína ni corbata. Ni rayos uva ni liposucciones ni peluquería. Ni consola (si acaso el guitar hero). Ni adoptar grotescos modales de jet set. Ni cartera de piel ni maletín de cuero. Ni vacaciones en apartotel. Ni vender el coche para comprar una barca ruinosa a la que llamar yate (es un hecho real).
En realidad las cosas que nos hacen felices son mucho más sencillas que todo eso. Son aquellas que nos acercan a nuestra naturaleza. Es lógico que el capitalismo no tenga en cuenta que tenemos alma (o algo de eso). Lo grave es que nosotros, las personas, lo hayamos olvidado. Las cosas que nos hacen felices de verdad salen gratis. Tal vez por eso el sistema las ignora.
Yo mismo, para vivir, me conformo con un trozo de mundo donde quepan dos plantas, cuatro libros, una ventana, un portátil, una cama y algo de amor. Sé al menos que afuera no habrá un banco babeando por el dinero que con mi sudor he ganado.
Más allá de la lógica seguridad, los únicos vicios caros que me permito son los conciertos y los viajes. Y cuando ando por ahí no me importa dormir en el suelo, comer bocadillos ni coger trenes oxidados.
Creo que a todos nos hace felices una playa, un par de libros, una tertulia, una botella de vino, una película, una guitarra, una canción, un paseo, un polvo (o, puestos a pedir, dos), un periódico, una siesta, la luz del sol en la cara, un paisaje deslizándose al otro lado de la ventanilla del tren, la lluvia en el campo, la amistad, el amor. El amor, sí. Tal vez si en vez de dinero se inyectasen estas cosas en el sistema, el futuro no se presentaría tan incierto. Esto es tan ingenuo como real.
Soy egoísta: ¿Que Wall Street se hunde? A mí que no me miren porque yo no he sido. La vida es, básicamente, una oportunidad para ser feliz. ¿Perderé esa oportunidad rabiando por no tener un coche más grande que el tuyo o porque ganas más que yo? No. De momento cada día se va con su irrepetible atardecer. Y cada atardecer es algo que merece ser disfrutado.
¡Salud!

viernes, 14 de noviembre de 2008

museo infinito

El aviso de que algo está sucediendo me llegó hace años. Curraba en un diario que ya palmó y durante una época entrevisté a varios artistas para la contraportada. A todos les visitaba en su taller, donde me mostraban y explicaban sus obras.
Hubo una chica, sin embargo, que me propuso quedar en un bar. No me pareció buena idea porque yo quería ver sus creaciones y fotografiarla con ellas.
—Tranquilo —me dijo— Te llevaré mis trabajos para que los veas.
Y sí: quedamos, nos sentamos y pedimos café. Entonces sacó un CD del bolso y me lo entregó:
—Aquí tienes mi última serie.
—Preferiría ver los originales —dije.
Mi miró con humor y respondió:
—Estos son los originales.
Fue un signo. Algo estaba cambiando si una obra de arte ya no necesitaba existir físicamente. Ella venía de Irlanda y hablaba de mezclar pintura con decoración, iluminación, danza y música. Pero sobre todo de arte digital. Han pasado algunos años desde aquel encuentro y ya entonces existían portales como Artelista donde las obras se visualizan, se disfrutan, se discuten y, sobre todo, se compran. La web cuenta con foro y publica artículos de opinión. En menos de cinco años este sitio ha vendido la tremenda cifra de 32.453 obras.
Por trabajo o por gusto he estado en tantas inauguraciones que podría alimentar a un pueblo bíblico con la de canapés y copas que he gorroneado. Siempre como observador silencioso y nunca como actor. Es un mundo artificial, pero atractivo el de las galerías de arte y por eso siempre que pude me colé en las salas que rutilan en el centro de Bruselas y del barrio de Brera en Milán.
Dicen que a los galeristas corresponde en algunos casos hasta el 35% de los beneficios que genera la venta, y a eso súmensele los gastos de promoción.
Esto no sucede en Internet. Lo digital prescinde del intermediario porque las paredes de una sala de exposiciones no son ya el único espacio a mano para el artista. Ya la pantalla del ordenador ejerce de museo.
Sería desatinado afirmar que las luminosas galerías de Bruselas, Milán, París o Londres corren peligro. Son los cegadores bastiones del comercio artístico. Y el mundo superficial y gélido que envuelve el arte es hoy día parte integrante de éste. Y tu sonrisa y tu corbata (si la llevas) en el día de la inauguración son casi tan importantes como tu genio.

Una posdata:
Como siempre, una anécdota revela qué sucede a nuestro alrededor: dice Lou Reed en una divertidísima entrevista en El País Semanal: “¡Ahora no soy un lector de nada! He perdido mi reproductor de libros electrónicos. Ya sabes, un aparatito de esos en los que puedes meter centenares de libros. Se trata de un invento perfecto para mí, que vuelo mucho”.
Así que el viejo Lou ya pasa de libros y se ha acomodado al “aparatito”.
¡Salud!

martes, 11 de noviembre de 2008

por qué escribir

Tengo 29 años. Aunque soy dado a los saltos sin red, en mi vida he dudado acerca de todo: amores, trabajos, amigos, familia, países. Sólo existe una cosa en la que jamás flaqueo. Es escribir.
Hubo una vez en que le vi los dientes al abismo. Entonces yo vivía en Nis (Serbia) y estaba escribiendo Los navegantes. Acometí esa novela sin mapa. Sólo corriendo hacia delante, que es lo que hacía también con mi vida. Pero llegó un punto en que caí dentro de un callejón sin salida. De repente no sabía cómo continuar mi historia. Me había bloqueado y llegué a creer que jamás la podría terminar.
Entonces yo era una persona tremendamente insegura. Se me vinieron encima las viejas dudas: ¿Para qué escribir esto? ¿De qué me va servir? ¿Es que alguien va a publicarlo? ¿Qué editorial se tomaría en serio una novela como esta?
Las preguntas eran muchas, pero después de varios días de inactividad comprendí que todas desembocaban en una sola: ¿Por qué escribir?
Ese es el norte que yo había perdido. Si falla la pasión, el combustible, toda la máquina deja de funcionar.
Pasé dos semanas viendo la nieve caer hasta que me llegó la respuesta. Me la dio el libro que estaba leyendo en ese tiempo, La montaña del alma de Gao Xingjian. En una de sus páginas el autor-protagonista padece las mismas dudas que yo (mi sentimiento de solidaridad con él fue inmediato) y lo resuelve diciendo: “Escribir novelas es un privilegio que me concedo”.
Entonces comprendí: escribimos porque es un lujo. Porque lo hacemos mientras otros consumen el tiempo irrecuperable delante de un televisor. Escribimos porque conocemos el valor precioso de la vida y de cada instante que la compone. Por eso nos volcamos en nuestras novelas y en las de otros. Porque queremos vivir más.
Desde que leí esa frase de Gao Xingjian jamás he vuelto a dudar. He escrito día tras día y resuelvo las indecisiones simplemente escribiendo más. No sigo las tendencias del mercado. No me adapto a las modas. No me he trazado una línea y jamás haré dos libros iguales. Escribo porque es mi privilegio escribir lo que quiero y como quiero. Y si a unos pocos les rozo el alma ya tengo motivos para descorchar champán.
Para mí escribir no es una dedicación profesional. Es mucho más que eso. Es mi vida. Es el 100% de lo que soy. En cuántos embolados me he metido por ahí sólo por tener algo que contar a los demás. Dejo lo que soy en cada letra y no me frustro cuando las editoriales rechazan mis originales. Ya le llegará su momento a cada historia y a cada personaje. No podría redactar una sola línea si pretendiese calcular el futuro editorial que le espera a mi trabajo.
Por eso merece la pena escribir. La vida es muy corta, así que ¿por qué no vivir varias a la vez?
Eso sí, no olvides que la importante es la de fuera y que la persona realizada es aquella que tiene los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.
¡Salud!

Una posdata:
Todo esto viene al hilo de unas sabias declaraciones de Fernando Savater: “Nadie puede ni debe empezar ganándose la vida como escritor. A eso, con suerte, se llega al final de una larga carrera. Lo primero es escribir a ratos perdidos -o sea, ganados- mientras se trabaja en otra cosa para financiarse los garbanzos”.

domingo, 9 de noviembre de 2008

liter imaginarius + reseña de combate

Hay algo cómico en el hecho de que un escritor tan patológicamente antisocial como Lovecraft haya servido de excusa para juntarse con tanta gente en Huesca. Diego y Abigail ejercieron de atentos y esmerados anfitriones del encuentro Liter Imaginarius que organiza la asociación Oscafriki, al que ojalá nos vuelvan a invitar.
Por desgracia nos perdimos dos intensos días de literatura, aunque al menos la jornada inaugural dio para las conferencias de David Jasso (cuya gráfica clasificación de terrores desató tertulia durante la cena), David Mateo, Sergio Mars y yo mismo. Pero no hace falta meterse en detalles porque ese trabajo sucio ya lo hizo el Diario del Alto Aragón con una crónica muy apañada (es decir, a cinco columnas y con foto) que pilla lo esencial de nuestras charlas.
La jornada dio más de sí: en las cañas previas y en la cena en Bolea la compañía fue chispeante y grata, y en consecuencia la tertulia también. Además la carretera que atravesamos esa noche para salir de la ciudad me regaló un cuento, un bien a mis carnes tan preciado como los besos que se dan con la luz apagada.
#
Por cierto que la web Lo que hay que leer, que reúne a un grupo de escritores y aficionados a la literatura, ha dedicado muy recientemente una crítica de combate a Los navegantes. En ella W. Ahrendt me reta a demostrar que la novela no ha sido, dice, “un golpe de suerte”. Me gustan los retos, pero los encaro en silencio.
Mientras tanto, resalto vilmente el párrafo que me conviene. El resto, aquí:

Una esencia que te es inoculada a medida que pasas las páginas y que te ha envenenado por completo para cuando quieres darte cuenta. Una esencia de emociones en estado puro. Y eso es decir mucho. Convertir las palabras en algo más que una sucesión de letras y espacios en blanco es algo que no todo el mundo sabe hacer, o que no todos hacen con acierto, y resulta hasta molesta la facilidad con la que se maneja este escritor-periodista.

¡Salud!

jueves, 6 de noviembre de 2008

el susurro del bosque


No está de más volver de tanto en tanto a la raíz. A eso de: “¿Por qué leemos?” Y a eso de: “Porque nos gusta que nos cuenten historias”.
Si alguna vez pierdes esa perspectiva y lees como quien va al Burguer King entonces píllate cualquier libro de David Mateo.
Como escritor, a David le conozco más por lo que no ha publicado (todavía) que por lo que ha publicado. Pocos como él te devuelven el ansia de escuchar. De saber qué pasa más adelante. No sólo lo hace cuando escribe, sino también cuando conversa. El tío te atenaza el interés y no lo suelta. Al menos tiene la delicadeza de esperar al café para desplegar sus poderes de contador de historias.
Si no hubiera nacido en la era de los blogs, está claro que le veríamos en algún mercado ambulante de El Cairo, Bagdad o Basora ganándose la vida como cuentacuentos, encantando a la peña con relatos habitados por demonios, maldiciones, correrías, túneles secretos, callejones y paisajes alucinantes.
Se puede comparar su novela El susurro del bosque con el botox. En el sentido de que te rejuvenece. La leí del tirón en un viaje de bus para abajo y me quedé pensando: “Coño, ya podían haberme echado de comer historias así cuando era chavalín”. Porque El susurro del bosque (Mater, 2007) es una novela juvenil que vuelve críos a los adultos y seguro que adultos a los críos. Anda llena de fantasías y vericuetos, de selvas y de tensión sexual adolescente.
Anda y que les den libros así a los chavales, y ya veríais cómo más de uno mandaría la play station a la mierda con tal de averiguar cómo salen parados los protagonistas de las pruebas tremendas a que les somete David Mateo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Lovecraft, el escritor aterrado

Probablemente nadie ha escrito ni escribirá terror como lo hizo Howard Phillips Lovecraft. Bueno, tal vez los guionistas de Noche de fiesta.
Hay que ser hijo de demasiadas circunstancias. Tienen que darse demasiadas casualidades tremendas para que la naturaleza arroje un ser tan asustado del mundo, tan patético y tan inmenso.
El miedo que Lovecraft nos da en sus cuentos es su miedo. No es un escritor corriente que busca el modo de asustar, sino que él mismo teme. Se horroriza con sus personajes y de ahí lo irrepetible de su panteón paracientífico.
Nunca un espíritu racional fue tan delirante. Nunca nadie diseccionó el horror con una sabiduría sólo accesible a quien es, en sí mismo, horror. En sus páginas se palpa la irrealidad de las pesadillas que nutrieron sus letras. El fluir tenebroso, los pasos aéreos, del sueño. ¿Cómo es posible que una prosa tan fría y tan distante nos lleve de la mano por los territorios de la alucinación? ¿De dónde nace ese extrañamiento desapasionado que eriza la piel?
Pues precisamente él, ese extranjero en tiempo y geografía, es el protagonista de Liter Imaginarius, el II Encuentro de cine y literatura que organiza la asociación juvenil Oscarfriki de Huesca.
Allí estaremos numerosos escritores del ramo: David Jasso, David Mateo, Sergio Mars, Emilio Bueso, Ismael Martínez Biurrun, Óscar Bribián, José María Tamparillas, Roberto Malo, Miguel Puente y yo mismo.
Desde esta tribuna del Diablo se agradece a los organizadores la invitación, ya de entrada por lo bien que lo he pasado preparando la charla: a un servidor le toca hablar (por su propia voluntad) sobre la relación creativa entre Lovecraft y Robert Edwin Howard, el creador de Conan.
Ha sido una buena excusa para sumergirme en el mundo de las revistas pulp. También para regresar a algunas de las lecturas más emocionantes de la adolescencia y descubrir que siguen tan vivas como ciertas razas abominables, más antiguas que la razón, que respiran todavía en los abismos insondables de la tierra y del tiempo.
Dejo aquí el programa, pero antes…

Una posdata:
Esta tarde a partir de las 19.30 horas los escritores José Miguel Cuesta y José Rubio presentarán en la Fnac de Valencia su comentada y esperada novela Sol de misterio (Equipo Sirius), una obra que viene nada menos que de ser finalista del premio Planeta. Allí nos vemos.

VIERNES 7 DE NOVIEMBRE
17:30 h. Ceremonia de inauguración.
17:40 h. “La evolución del género de terror. Antecedentes y perspectivas”. Por David Jasso.
18:30 h. “Revistas de cuentos: un género en vía de extinción. Presentación de Historias Asombrosas”. Por David Mateo.
19:30 h “Huellas de Lovecraft en Robert E.Howard”. Por José Miguel Vilar.
20:30 h “El horror surgido del espacio”. Por Sergio Mars.

SÁBADO 8 DE NOVIEMBRE
De 10:30 a 14:30 h. Taller literario infantil. Impartido por el escritor David Mateo.
17:00 h. “Ave nocturna y cazador de sueños”. Por Emilio Bueso.
18:00 h. “Lovecraft y el horror materialista”. Por Ismael Martínez Biurrún.
19:00 h. “Herbert West, el reanimador de H.P. Lovecraft”. Por Óscar Bribián.
19:30 h. Debate. “Lovecraft, la fuerza de su simbolismo”. José María Tamparillas, Roberto Malo, Emilio Bueso, Miguel Puente, Ismael Martínez Biurrún, David Jasso.

DOMINGO 9 DE NOVIEMBRE
17:30 h “El terror no tiene forma: Ocho consejos prácticos para escribir una historia de terror”. Por Miguel Puente.
18:30 h. Cuenta cuentos. Con la publicación del fallo del jurado del Premio “LITER”
19:30 h Proyección “Re-Animator” Duración: 86 min.

lunes, 3 de noviembre de 2008

original

No estoy yo para dar consejos, y si alguien disiente le mando una copia escaneada de mi libreta del banco.
Pero bueno: la entrada de hoy viene a santo de que ayer la curiosidad me llevó a cotillear alguno de los manuales que los escritores norteamericanos utilizan para enviar manuscritos a las editoriales. Coño que es otro mundo y otra lógica mucho más práctica que la nuestra.
A veces es de admirar ese basamento calvinista-puritano que explica la eficiencia con que curran en el ex imperio. De entrada, las guías yanquis afirman que la presentación importa un pito: tu original no debe ser bello ni armónico, sino mecánico y legible de un golpe. Feo pero eficaz. Olvídate de bonitas tipografías con serif (georgia, times new roman, book antiqua). Éstas fueron ideadas para la edición, no para los manuscritos. Así que sírvete de letras redondas y claras, tendentes a llenar la línea. Pongamos por ejemplo la courier, o sea la de la máquina de escribir de toda la vida.
Más normas: nada de justificar ambos márgenes. Sólo el izquierdo. Indica con un subrayado las frases que vayan en cursiva. Emplea doble interlineado, por aquello de dar al editor un espacio para anotaciones y correcciones. Y ya que hablamos de espacios, ni uno solo entre párrafos. Todo del tirón. Y si en tu obra hay un salto que requiere un blanco (por ejemplo entre capítulos), debes separar con cuadradillo (#), ese signo que muchos hemos descubierto gracias al teléfono móvil.
Hay muchas más reglas o consejos que sería chorra enumerar, sobre todo porque en España no nos sirven de nada.
Es evidente que en el modelo americano prima el texto. La obra, vamos. Y que la manera en que ésta se muestra al editor va enfocada a eliminar cualquier distracción que le aparte de la natural lectura.
Mientras, en España, cosas tan livianas e ineficientes como la presentación (recuerdo que hablo de originales, no de libros publicados) cobran una irracional importancia.
Como en tantas cosas de la vida, no me atrevo a decir qué es mejor y qué es peor. Pero sí me preguntaré: ¿Qué impresión se llevaría el jurado español de un concurso literario si le llegase un original como el arriba descrito? Iría directo a la basura por muy legible que fuera. De mala tinta sé que en más de un certamen mandan tu trabajo a la mierda si no cumple los cánones de monería. Es esta una técnica como cualquier otra para quitarse morralla de encima.
Tal vez por eso se da a veces la paradoja de que el gate-keeper exija manuscritos bonitos para publicar libros feos (que luego serán buenos o malos).
No siempre, cierto: en el mundo conviven todo y su contrario. Seguramente por eso existen los blogs.